GRANOS DE CAFÉ

ITALIANO

Se dice que la vida nos cambie, que las adversidades que encontramos en el camino tengan el poder de modificar profundamente nuestra personalidad. Este cuento nos abre los ojos sobre otra manera de enfrentarnos a ellas. ¡Buena lectura!

Con cariño

Federica

Un hijo se quejaba con su padre acerca de su vida y de lo difíciles que le resultaban las cosas.

No sabía cómo hacer para seguir adelante.

Estaba cansado de luchar y enfadado todo el día. Tenía la sensación que cuando solucionaba un problema, aparecía otro.

Su padre, chef de profesión, lo llevó a su lugar de trabajo.

Allí llenó tres recipientes con agua y los colocó sobre el fuego. Pronto el agua de cada uno empezó a hervir.

En el primero colocó zanahorias, en el segundo huevos y en el último unos granos de café, y los dejó hervir sin decir palabra.

El hijo esperó impacientemente, preguntándose qué estaría haciendo su padre.

A los veinte minutos el padre apagó el fuego. Sacó las zanahorias y las colocó en un plato.

Sacó los huevos y los colocó en un tazón. Finalmente, coló el café.

Mirando a su hijo le dijo:

– Dime, ¿qué ves?

– Zanahorias, huevos y café – fue la respuesta del chico.

Su padre le hizo acercarse y le pidió que tocara las zanahorias. Estaban blandas.

Luego le dijo que cogiera el huevo, le sacara la cáscara, y lo tocara también. Estaba duro.

Por último, le pidió que probara el café. Él sonrió mientras disfrutaba de su rico aroma, y entonces preguntó:

– ¿Qué significa esto, papá?”

Su padre le explicó entonces que los tres elementos se habían enfrentado a la misma adversidad, el agua hirviendo, pero que habían reaccionado de forma muy diferente.

La zanahoria llegó al agua fuerte, dura; pero después de pasar por el agua hirviendo se había vuelto débil, fácil de deshacer.

El huevo había llegado al agua frágil, con una cáscara fina protegiéndolo, pero después de estar en agua hirviendo, su interior se había endurecido.

El café, sin embargo, había sido especial;

después de estar en agua hirviendo, no sólo había cambiado él, sino que había CAMBIADO EL AGUA;

se había fundido en su nuevo medio, había aceptado la adversidad, y había dotado al agua de un olor y un sabor distinto, muy agradable y muy especial.

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